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Mi niñez junto a tu vejez



Por Rosario Trinidad


Recibir y dar amor es una sensación tan enriquecedora y hermosa. Crea las emociones humanas más deseables y preciosas. ¿Quién no ha experimentado el amor de diferentes maneras? ¿Quién no sueña con llegar a una vejez saludable, feliz y exitosa? A lo largo de la vida experimentamos cambios físicos, psicológicos y sociales, aunque cuando se llega a la etapa del adulto mayor aumenta la fragilidad y la vulnerabilidad; y en muchos casos también se suma el sufrimiento, la exclusión social y la falta de respeto, y esto genera el deterioro emocional.


Alguna vez nos hemos cuestionado ¿dónde queda el espacio que comprende, que acoge el dolor y el sufrimiento de cada ser humano?, ¿cómo se sienten esos adultos mayores al padecer de alguna enfermedad, qué cuidados requieren?, ¿quién se preocupará y quién los consentirá? Mi abuelita, con tan solo 78 años de edad, me decía con tanto sentimiento y franqueza: «ya no me cuide», «ya no quiero ser más un estorbo», «el propósito de mi vida en esta tierra ya terminó», «le pido a Dios que me lleve, quiero descansar» o «cuando esté postrada en una cama, todos se olvidarán de mí y nadie me va a cuidar». Junto a mis hermanos la escuchábamos en más de una oportunidad repetir y repetir lo mismo. En esos momentos mi corazón ya no latía, mis sentimientos se estremecían y de mis ojos lágrimas caían.


Mi abuelita me contó que vivió una vida muy fuerte puesto que en los años sesenta enviudó, se quedó al cuidado de dos varones y dos mujeres, ella tenía sobre sus hombros una gran responsabilidad, los debía cuidar, alimentar, vestir y educar. Pregúntate ¿cómo afrontar una cruda y triste realidad?, ¿cómo rellenar ese vacío a quien prometió su amor hasta la eternidad?


Parece ser que esta historia tuvo un total éxito, aunque como todo en la vida, existe un trasfondo que muy pocas veces se conoce, fueron décadas donde el miedo, la inseguridad y la angustia aumentó por diversos factores dentro de su ser, tanto que ponía en duda «el mañana de su familia», más no se dio por vencida. La economía y la falta de apoyo no fueron razones para evitar sacar adelante a cada uno de sus hijos e hijas. El éxito es relativo, ya que para cada persona es diferente, pero para ella el éxito fue alcanzado con total satisfacción al ver a cada uno de sus amados convirtiéndose en personas de bien.


Recuerdo las palabras sabias que de sus labios muchas veces me decía: «mijita, cuando tenga sus hijos no se rinda, no hay mayor placer que ver a sus seres nacer, crecer y estremecer, y espero que nunca la abandonen y aunque mi sufrimiento aceleró mi vejez, no hay peor golpe que el abandono de una persona en su ancianidad, respete a sus padres, a sus mayores y sobre todo respétese a usted misma».


Cuando una persona adulta mayor llega a esta etapa, según sea el caso, requerirá de muchos cuidados. Tuve la fortuna de vivir toda la vida con mi abuelita, ella era una mujer fuerte, virtuosa y muy autoritaria, era doña Mina. Pero, de repente, desde que un derrame cerebral la impactó, su vida cambió y en cama la postró. Durante el tiempo de su cuidado de salud la familia se unió y las tareas domésticas se dividieron. Mis tías la bañaban, la cambiaban, la peinaban, la perfumaban e incluso cuando era posible la maquillaban. Mi tío y padre la cargaban, sus medicinas compraban y un enfermero los cuidados geriátricos le brindaba. Sus nietas y nietos nos turnábamos para darle sus alimentos, le contábamos cuentos y con dulces caricias le dábamos dulces momentos. Mucha familia de lejos la vino a visitar, con su mejor amiga se reconcilió y un 17 de marzo su último respiró nos dio.

Confieso que sufrí al verla postrada, lloré al ver que no caminaba y junto a su silencio porque ya no hablaba, mis labios solo rezaban. Ella me mimó, acarició, educó, felicitó, regañó y su nombre me dejó. ¿Cómo olvidar esa sonrisa eterna?, ¿cómo olvidar todas esas alegrías que me daba? Es increíble cómo alguien tan grande se vuelve tan pequeño, pero te hace sentir algo tan colosal.


Sabemos que el envejecimiento es una etapa y un hecho indiscutible, es la ley de la vida. Cuando se pierde un ser querido es imposible olvidarlo, es un dolor que penetra siempre en los pensamientos, mente y corazón. Cierra tus ojos y pregúntate ¿qué es lo bueno que he hecho de mi vida?, ¿cuido a mi padre y madre como ellos dan la vida por mí?, ¿seré capaz algún día de enfrentarme y aceptar mi vejez?, ¿respeto como quiero que me respeten?


En este escenario, descubre tus ojos y piensa si realmente entregas todo tu amor a tus seres queridos. Puesto que la familia debe ser el principio y el fin. Así pues, deberíamos tenerles mucha paciencia, velar por el bienestar y por la protección de nuestros seres amados. Cuando se es joven se cuenta con una vitalidad y hasta que se llega a la tercera edad te darás cuenta del mal o bien que hiciste durante tu juventud o adultez. No olvides que lo que cosechas hoy será el fruto de tu mañana.


Ahora pregúntate ¿estaré listo cuando llegue a mi vejez para poder reposar de los ajetreos cotidianos?, ¿me amarán, me respetarán y no me olvidarán? Si tu respuesta no es lo que deseas, entonces es momento de generar el cambio y parar las excusas. Si Dios nos presta la vida, no sabremos cómo será y si llegaremos a la etapa de la tercera edad y lo mejor sería llegar a plena y feliz longevidad. Si fuera así qué bonito sería tener una vida digna, con compañía, con protección, llena de amor y de calidad.



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